En un lugar muy lejano, vivía un rey muy serio que tenía una hija muy guapa llamada Sonia. Un día, al rey se le ocurrió que haría correr la voz de que el chico que consiguiese hacerle reír, podría casarse con su hija. Sin embargo, si no lo conseguían, estarían obligados a hacer trabajos forzados durante un largo periodo.
La noticia corrió como la pólvora. Todo el mundo intentaba ir a sacarle una sonrisa al rey, pero nadie lo conseguía. Viajaban hombres de todas partes del mundo, desde cómicos y personas nobles del otro lado del continente, hasta médicos y personajes reconocidos.
En este reinado se encontraba un joven que había nacido con malformaciones físicas en su cuerpo y cuando le llegó la noticia, les comunicó a sus padres que él también quería intentarlo. Ellos no estaban muy convencidos porque les preocupaba que, por su aspecto, se burlaran de él; y además, si no lograba que el rey sonriera, se verían obligados a hacer trabajos forzados para él y toda la familia real.
Sin embargo, el joven no les hizo caso, se puso sus peores vestimentas y se marchó hasta donde se encontraba ese rey. Cuando lo vio pasar el rey dijo:
- ¿Qué quieres?
El joven le contestó con determinación:
-Quiero casarme con su hija.
Cuando el rey lo escuchó decir eso, pensó que con el aspecto que tenía, no podría casarse con ella y, de repente, ocurrió lo menos esperado: al rey se le escapó una sonora carcajada. Por todo esto, no le quedó más remedio que entregarle la mano de su hija al joven que había conseguido hacerle reír.
El chico, que era un hombre muy honesto, se negó a casarse con la joven, pues no le parecía justo casarse con ella por obligación, sin que ella así lo hubiera elegido. El rey decidió entonces darle una recompensa y le entregó una gran cantidad monedas de oro y joyas muy valiosas.
Cuando el joven regresó a su casa, sus padres le preguntaron con curiosidad:
- ¿Por qué no te has casado con ella?
Y él les contestó:
-Yo sólo quería demostrar que podría sacarle una sonrisa al rey, pero no quería hacer infeliz a su hija obligándola a casarse con alguien que ella no ha elegido. Además, en recompensa me ha entregado dinero y joyas.
Cuando los padres vieron el regalo se pusieron muy contentos, era mucho más de lo que nunca habían tenido. Se sintieron orgullosos de su hijo, convencidos de que había hecho lo adecuado.
REFLEXIÓN:
“Deberíamos aprender a no rechazar a las personas por ser diferentes. Todos/as tenemos algo que aportar en esta sociedad”.
FIN